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CONDUCIR EN ROMA: TODOS LOS CAMINOS LLEVAN AL MONUMENTO A VICTOR MANUEL
No,
no es que por tener un abuelo picador le hicieran un pedazo de homenaje megalómano
a Victor Manuel, el de Ana Belén, si no que a Victor Manuel de Saboya le
levantaron entre finales del siglo XIX y principios del XX un colosal monumento
en el mismo centro de Roma por haber unificado Italia. Y en tan egregio punto
indefectiblemente, acabábamos cada vez que las peculiaridades del tráfico
romano nos abocaban a la más absoluta de las desorientaciones.
El
tráfico de la capital de Italia es una perfecta demostración
de la teoría del caos, en la que una aparente absoluta
falta organización da sin embargo como resultado una eficacia
bastante aceptable. Para ser sincero, me pareció menos peligroso
que circular por Madrid porque los automovilistas respetan infinitamente
más a las motos. Y es que la cantidad de scooters que se
apelotonan en cada semáforo dobla el número de coches,
camiones, furgonetas y autobuses juntos. ¡Como para no hacerse
respetar! Además se piensa en las motos a la hora de planificar
la vialidad, y por ejemplo la raya de los semáforos está
colocada unos metros por detrás de la señal luminosa,
para que los coches se detengan en ella y las motos puedan adelantarse
y salir fluidamente, sin molestarse unos a otros. Y aunque las numerosas
calles de adoquines son terribles (es de entender que predominen
los scooters de rueda alta), el asfalto, cuando lo utilizan, drena
muy bien y no salpica con lluvia.
Por eso conducir por la ciudad eterna requiere prestar
atención constante a los cuatro puntos cardinales, porque te vienen motos
por todos lados y a todos los ritmos. Algunos te pasan tan cerca y rápido
que te llevan con el viento que levantan, otros van más de paseo y, de
lo mejor, las mujeres. Un alto porcentaje de moteras sin complejos a lomos
de las más diversas monturas. La mayoría sobre cicloscooters de
rueda alta, como casi todo el mundo, pero también mucha señorita
con trail o custom de media cilindrada. Durante los dos días que
estuvimos recorriendo la ciudad a lomos de la Vespa, tuvimos ocasión de
perdernos unas cuantas veces. El trazado de las calles del centro de Roma obedece
a criterios urbanísticos de hace cientos e incluso miles de años;
y se nota en la gran cantidad de estrechas callejas trenzadas entre sí,
que no se hicieron pensando precisamente en el tráfico denso y rápido
que las inunda actualmente. Callejones sin salida, laberintos que
siempre acababan en el mismo punto, calles que de improviso se vuelven prohibidas
excepto para el transporte público y los coches oficiales... Y hay que
ver cómo le gusta poner la sirena y pisarle a la policía
italiana, que las BMW R 1100 RT reglamentarias rozaban los estribos y los Pirelli
P7 de los Alfa 156 chillaban en cada curva.
En
el fondo es muy divertido. Tras pasar un rato intentado salir
de un laberinto en el que no encontrábamos ni a Teseo ni
al Minotauro, se nos quedó cara de tontos cuando preguntamos
a un transeúnte por la salida y nos indicó (siempre
con gran amabilidad y simpatía) una calle de dirección
prohibida... por la que todo el mundo tiraba alegremente. Incluso
los vehículos que circulan en la dirección correcta
se hacían a su derecha amablemente cuando veían llegar
una moto "haciendo pirulas" de este tipo.
En otra ocasión, después de pasar tres o cuatro veces por
delante del dichoso monumento a Victor Manuel II, y ya con mucho más desparpajo,
preguntamos a una pareja de motoristas por la dirección correcta para llegar
a la Plaza de España, y en un perfecto "itañol"
nos entendimos lo suficiente para "capiscar" que resultaba imprescindible
meterse unos quinientos metros por los railes del tranvía, tirar
luego a la izquierda por una dirección prohibida y finalmente subirnos
a la acera y, con la moto apagada eso sí, cruzar la Piazza del Popolo hasta
una calle que nos llevaría directos a nuestro destino. Mola, ¿eh? En
las largas vías atestadas de tráfico y semáforos las
motos circulan por el centro, entre ambos sentidos, en una hilera inagotable de
scooters y motos trail que intentan no colisionar con las que vienen de frente
haciendo lo mismo. No vi ningún encontronazo, y la verdad es que se notaba
que la gente tenía cogido el truco a esta forma de conducir, que por otro
lado sería difícilmente extrapolable a una ciudad como Madrid en
la que se transita mucho más deprisa pero, aunque parezca increíble,
más ordenadamente que en Roma. Y si Roma no me pareció tan peligroso
como Madrid para las motos es porque las numerosas vías con adoquines centenarios
(vete a saber si milenarios) y los constantes cruces, semáforos y calles
cortadas a escuadra hacen que la velocidad se vea notablemente reducida, hasta
el punto de que fueron contadas las ocasiones en las que pude llevar el acelerador
hasta su tope. En Roma, pese a que los semáforos en rojo parezcan
meramente orientativos, las direcciones prohibidas sirvan para saber quien
paga en caso de golpe y las vías del tranvía sean a veces un carril
adicional, el tráfico se mueve con inevitable lentitud pero, en
lo que estuve inmerso en la maraña de calles romanas, no llegué
a ver un atasco de los de apagar el motor. Sin duda quienes cojan el coche deben
darles las gracias a todos los que van diariamente en su moto a trabajar, en vez
de, como sucede concretamente en la capital de España, ver a los motoristas
en muchos casos como impertinentes que se meten por los huecos que el coche no
puede aprovechar.
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